No hay brújula que indique
el camino a lo esencial.
Hay que adentrarse…
en la vastedad.
En la soledad que no asusta,
sino que limpia.
Allí donde el hielo respira
y el cielo no dice nada,
se traza otro rumbo.
Uno sin ruido.
Sin certezas.
El rumbo del silencio.
Donde todo lo superfluo se desvanece.
Y solo queda… lo verdadero.